Sobre la creatividad y las enfermedades mentales

Una pequeña reflexión personal hecha a trozos en mis ratos no tan malos.

 

Hay algo horriblemente frustrante en ser artista de cualquier tipo y tener un trastorno mental. Lejos de servir como fuente de inspiración es un obstáculo que se interpone en mi desarrollo creativo, un lastre que me retrasa y me impide llegar al nivel de calidad que yo considero apropiado, teniendo en cuenta el tiempo que llevo escribiendo y dibujando. Lo que debería ser una jornada normal de trabajo se convierte en una lucha encarnizada contra mi propio cerebro. Los malos pensamientos acechan, aguardan el mínimo atisbo de debilidad para apoderarse de mi e incapacitarme para el resto del día. A veces logro sobreponerme, otras me sumo en un trance disociativo del que tardo varios días en salir. A eso hay que sumarle la culpa de no cumplir con mis obligaciones, fracasar como adulto funcional y autosuficiente. ¿Cómo voy a ser capaz de mantenerme si tardo una semana en realizar una tarea que debería poder hacer en media hora? Semejante esfuerzo me agota física y mentalmente (y los efectos secundarios de la medicación tampoco ayudan mucho). A veces tengo que cambiar mis planes por algún imprevisto (evento social, papeleo, recados varios) y pierdo el tiempo no solo en hacer esa tarea sino lo que necesito para recuperarme después. El sentido común me dice que debo tener paciencia, sin embargo es casi imposible ser paciente conmigo mismo mientras veo a gente de mi edad o incluso más joven triunfar, avanzar con su arte, hacer cosas alucinantes que yo quiero hacer. El ”entonces ve y hazlas” no me sirve, no es tan sencillo.

Las enfermedades mentales no son bonitas. No hay nada poético ni romántico en ellas, no son una revelación de ningún saber supremo. Si alguna vez fingimos que lo son es simplemente como medida desesperada para luchar contra el odio que sentimos hacia nosotros mismo y el miedo de saber que probablemente estaremos así para siempre. Por eso no me enfado con la romantización de algunos trastornos si es la persona que los sufre quien lo hace. ¿Quién soy yo para juzgar cómo afronta otra persona las circunstancias de su vida, más si yo mismo lo hago constantemente? Es divertido y esperanzador pensar que soy algún tipo de mutante guay, como en x-men, y tener mi momento de aceptación y orgullo (o algo parecido) Claro que eso no dura mucho.

La gente que piensa que las neurodivergencias son una fuente de inspiración para el artista y que hay que estar volao para crear no tiene ni idea de lo que es vivir con una neurodivergencia. Es más un lastre que una inspiración. Y sí, hay muchísimas obras inspiradoras basadas en los fantasmas mentales de muchos artistas, pero no es porque necesites estar loco para crear arte, sino porque el arte es una herramienta maravillosa para dejar salir todo lo malo. En mi caso al menos, dibujar o escribir me ayuda a liberarme de los pensamientos oscuros, así como hacerlos palpables, más fáciles de explicar a otras personas y más fáciles de manejar para mi. A veces hace falta sentir la emoción en su totalidad para poder dejarla ir, y no todo el mundo tiene la misma facilidad para expresar esas emociones, sobre todo si son cosas tan complicadas y terroríficas como las que te puede provocar un trastorno o una situación traumatica.

Anuncios

En el nombre del dios de los macarons

La sonrisa de Liv se ensanchó cuando vio la expresión de pánico de su víctima. Sintió un tirón en el estómago, algo relacionado con la emoción, no lo sabía bien, solo que le gustaba. Sus amigas en la comunidad ponían esa cara todo el tiempo y a ella le resultaba tan divertido. Sin embargo no duró mucho, rápidamente la expresión de Sagalevich cambió a una que Liv conocía bien y que, aunque le asqueaba, le provocaba el mismo pinchazo en las tripas. Lo achacaba a la lástima, como la que provocan los insectos a los que pisabas sin querer y quedaban medio muertos, con patas de menos, retorciéndose de manera asquerosa ante la inminencia de la muerte, y a pesar de que lo más misericordioso sería acabar con su sufrimiento… Liv no podía evitar arrancarles otra patita.

Estate quieta, boba, vas a salpicarme sangre y babas ordenó. Su tono de voz seguía siendo cruel pero ya no denotaba el mismo enfado de unos minutos antes; de hecho estaba sonriendo.

Le arrancó otro diente, con las mismas tenazas mugrientas. Esta vez un canino superior. Saga se retorcía bajo ella, por lo que tuvo que hacer presión con la parte inferior de su cuerpo para mantenerla en el sitio. Los tirones en el estómago se convirtieron en un hormigueo que le bajaba por el vientre, y la sonrisa se le había desvaído un poco. El diente era bonito, posiblemente de los favoritos de Liv, y lo estudió un par de segundos entre las tenacillas, guardándolo luego en el bolsillo de su delantal junto al anterior. Iba a tener que lavar su uniforme de todas formas así que ya daba igual cuantas manchas tuviera (además Liv conocía un secreto maravilloso para quitar las manchas de sangre).

Dos dientes no eran suficientes, así que le abrió la boca a la pobre niña aún más, metiéndole la mano y tirando de la mandíbula hacia abajo. A cualquier persona con dos dedos de frente ni se le ocurriría hacer eso, si Saga le mordía se quedaría sin dedos, pero Liv sabía que su amiga no lo haría, no, ella seguiría babeando con su cara de estúpida y mirándola con esos ojos brillantes de cordero degollado que tanto amaba y despreciaba.

Buscó un premolar, metiendo la tenaza hasta el fondo de la boca y dejándola ahí, afianzada sobre el diente.

Te gusta esto, ¿verdad? Se suponía que era un castigo, pero te gusta. Eres una tía muy rara, deberías darme las gracias por ser tu amiga.

Liv ya no sonreía, su expresión era de concentración absoluta, pero también de curiosidad. Movió un poco las tenazas, pensaba sacar el diente muy muy despacio.

Pero castigarte no tiene tanta gracia y lo disfrutas, así nunca vas a aprender nada.

Claro que en realidad a Liv le gustaba que Saga disfrutase de sus castigos casi tanto como hacerla llorar. Su cuerpo mantenía una tensión cálida, un hormigueo que le atacaba las tripas y las piernas. El corazón se le aceleraba cada vez que movía las tenazas. Los muslos chocaban contra los enormes pechos Sagalevich, pero eso no le impedía seguir haciendo presión e inclinarse sobre ella.

¿Quieres que lo saque ya? Pídelo por favor —susurró.

 

El Flesh Fest

flesh fest cartel centenario

El Flesh Fest es un festival fetichista itinerante creado en los años 80 por vampiros europeos para usarlo como tapadera en concilios y reuniones. El ambiente alternativo de este tipo de eventos permite a los hijos de la noche pasar desapercibidos entre los mortales, que acuden sin tener conocimiento del verdadero propósito del festival o siendo plenamente conscientes, con la esperanza de tener un encuentro con verdaderos vampiros. Así, no es difícil para los chupasangre encontrar mortales deseosos de entregarse a ellos y a sus juegos de perversión.

En los tiempos actuales, incluso los tzimisce se ven compitiendo en horror y excentricidad con artistas del maquillaje y las modificaciones corporales. El Flesh Fest es un oasis de seguridad, donde la Mascarada es tan fina que podría decirse que, durante una noche, deja de existir.

Normalmente los Flesh Fest son organizados por toreadores, ya sea del Sabbat o de la Camarilla, con la colaboración de los tzimisce. La ciudad elegida para la celebración del evento se convierte en terreno neutral durante tres noches, en las que los condenados dejan sus rencillas a un lado para disfrutar de aquello que mueve a todos por igual: la lujuria de la sangre.

L

El relato planeado para esta semana era otro, sin embargo di con este pequeño texto por casualidad, haciendo limpieza. Ni siquiera recordaba haberlo escrito, ha sido muy especial volverlo a leer.

La sala a su alrededor no estaba exactamente iluminada. Se podían distinguir sus cortinajes pesados, sus altos ventanales y su rica decoración con amplio lujo de detalle, pero la oscuridad cubría todo como un filtro de fotografía, y la luz parecía no venir de ninguna parte concreta. Bajo sus pies sentía una espesa moqueta, y el tacto firme y suave de un respaldo tapizado de terciopelo contra su espalda. Podía sentir la brisa fría que recorría la estancia y le ponía los vellos de punta. Sí, su sensibilidad estaba intacta, por eso era increíble que no pudiera moverse.

No estaba atada. Sus manos caían en gesto lánguido sobre el reposabrazos. Estaba erguida pero no tensa, como si la hubieran retratado en un punto exacto del tiempo y la hubiesen congelado para siempre en él. Y aun así todo a su alrededor seguía moviéndose: las cortinas, los cristales de las lámparas, la chica que se aproximaba a ella. No pudo ni dar un respingo al verse sorprendida por su presencia, ella se había acercado sin hacer ningún ruido, por un acceso que ni veía. Sonrió. Le devolvió la sonrisa. Era la chica más bonita que había visto en su vida. Una jovencita que apenas llegaba a la adolescencia, con el cabello liso desesperación y negro, muy negro. Llegó hasta ella y se inclinó sobre su rostro, tomándolo con ambas manos, tan pequeñitas y blancas. Estaban frías como el hielo. Sus ojos eran azules como la cúpula celestial, enmarcados en pestañas larguísimas. Eran grandes, esos ojos, el resto de sus rasgos en comparación parecían diminutos y demasiado finos. Quería decir algo, pero no podía mover los labios, como el resto del cuerpo. De hecho se preguntó cómo respiraba, cómo estaba viva si su pecho no subía y bajaba. La chica se subió a horcajadas en su regazo, una pierna a cada lado. Su falda se derramó como una maraña de nubes blancas, formando remolinos de encaje. Las manitas blancas le bajaron por el cuello y se posaron en su pecho, y lo estrujaron. El hormigueo de placer le trepó por los senos y se instaló como una presión en la boca del estómago. Los muslos blandos sobre sus propias piernas se hicieron más reales, o más bien ella fue más consciente del contacto con aquella piel tierna.

-Bienvenida.- dijo la niña con voz cantarina- Bienvenida mil veces al Infierno.

Tendría que haber imaginado, si no desde el principio, lo que aquella dulce voz le confirmaba, Y es que una criatura tan hermosa no podía sino ser el Demonio.

 

 

Eflorescencia Parásita

Llevo retrasando la salida de este relato bastante tiempo, pero sé que si lo dejo estar acabará enquistándose en el fondo de mis carpetas de archivos, al no verme nunca capaz de enfrentar su fealdad. Hoy logré darle un par de repasos y, por fin, dejar que asome su cabecita al mundo.

Con mi piel grasa siempre he tenido tendencia a que me salgan granos con frecuencia. También, desde muy temprana edad, y posiblemente por neurosis heredada de mi madre, nunca he dejado uno sin reventar. El punto sanguinolento que dejaba a mi paso siempre era preferible a la presencia de inmundicia, cuya visión muchas veces llegaba a causarme verdadera ansiedad.

Fue hace un par de meses, con la llegada de los primeros calores, que un insoportable picor me alertó de la presencia del indeseado. Lo notaba pulsar en mi espalda, ardiente e hinchado, y saber que estaba ahí me impedía concentrarme en mis quehaceres. Usé todo mi autocontrol para aguantar la jornada sin echarme la mano a la espalda, ni siquiera para rascarme, por miedo a que la gente a mi alrededor pudiese sospechar de las impurezas de mi piel, o a que esa simple concesión desencaderara la barbarie y acabase corriendo al baño de la facultad para exterminarlo cuanto antes. He de decir que me enorgullece haber sido capaz de aguantar.

De vuelta a casa corrí a encerrarme en el cuarto de baño para llevar a cabo aquello que llevaba todo el día esperando: acabar con el maldito grano, erradicarlo de mi piel. Rápidamente me desnudé de cintura para arriba y me contorsioné frente al espejo para examinarlo. Era enorme y asqueroso. Estaba en la paletilla izquierda, muy cercano al hombro, con su cabeza blancuzca ya asomando por la boca del poro hinchado; su rojez se extendía casi dos centímetros alrededor de su epicentro. Había otros tres más en mi espalda, en menor grado de infección y para nada comparables en tamaño, por lo que decidí centrarme en este primero. Saqué del armario del lavabo un frasco de desinfectante líquido, que usaba después de mi enfermizo ritual para que el poro no volviese a llenarse. Siempre escocía bastante, pero merecía la pena. Busqué una posición cómoda para maniobrar y con dos dedos exprimí el dichoso grano, con la técnica magistral que confiere muchos años de experiencia. Pero lo que salió no fue pus, ni grasa, ni nada por el estilo; en su lugar, un grueso gusano blanco se retorció al contacto con el aire, agitando sus diminutas patitas, como si estuviera contrariado por haber visto importunado su sueño. Tal fue mi asombro que no fui capaz de gritar. Observé al insecto, que visto de cerca se asemejaba más a una oruga que a un gusano, reptar por la palma de mi mano en busca de un nuevo lugar donde enterrarse, abriendo y cerrando unos quelíceros diminutos tan blancos como su cuerpo, casi indistinguibles. Lo tiré al lavabo y abrí el grifo para mandarlo desagüe abajo.

Probé a  estrujar los demás granos y de todos salió una oruga similar, más pequeña y supongo que menos desarrolladas, con idénticos quelíceros, algunas con patas, otras sin ellas. Todas murieron nada más ver la luz, retorciéndose agónicas sobre mi mano. Ni siquiera lograron reptar un par de milímetros. Las rocié con laca y les prendí fuego, como hacía en mi infancia con las garrapatas de mis perros. Luego me metí en la ducha y froté mi piel vigorosamente hasta que estuvo bien roja, enjuagandome primero con agua muy caliente, después con agua muy fría, repitiendo el proceso completo hasta que sentí que estaba limpia, que todo estaba bien. Necesité mentalizarme para poder poner algo de tela de nuevo sobre mi piel, pues me aterraba poder sudar, o que el contacto con cualquier cosa volviese a infectarme los poros con más bichos. Esa noche la pasé buscando casos similares en internet, sin éxito. Hice bocetos incluso, todos de memoria y algo toscos, para tener algo a lo que recurrir aparte de mis recuerdos a la hora de compararlos con las fotos de la red. No se parecían a ninguna especie conocida. Mis sueños esa noche se llenaron de terrores viscosos que reptaban bajo mi piel.

 

En los días siguientes aparecieron más. La purga se convirtió en una obsesión más intensa si cabe que mi neura particular. La paranoia de que los gusanos no estaban realmente ahí, que todo había sido un delirio de mi mente me impidió ir a ver a ningún médico o contarle a nadie cercano lo que me ocurría. ¿Cómo podía estar pasando? No tenía el menor sentido, esos bichos no existían, lo decía Internet, lo decían los expertos. El miedo a exponer una fantasía absurda ante un profesional me aterraba incluso más que los parásitos.

Llegué a sacar doce orugas de mi piel y todas ardieron. La piel de mi espalda tomó un tono rojo permanente, irritada por los agresivos métodos que usaba para mantenerla ‘’limpia’’. El escozor no me importaba, era preferible al sudor impregnandome y llenando mis poros de la suciedad propicia que debía hacer crecer a esas cosas. Maltraté mi cuerpo durante semanas, usando productos cada vez más peligrosos, hasta que un día, tras varios intentos de alcanzar un grano en una zona especialmente inaccesible de mi espalda, me rendí. Así de simple. Miré mi espalda al rojo vivo, llena de costras y moratones y pensé que estaba haciendo el tonto. Me convencí, de que, si no iba a buscar ayuda porque los gusanos no estaban allí, era una pérdida de tiempo que me obsesionase con eliminarlos, y como si hubiese logrado alcanzar un interruptor mágico en mi cerebro, toda la ansiedad que los parásitos me provocaban se esfumó.

Dejé al bulto crecer y crecer, intentando no pensar en la posible abominación que se había instalado en mi espalda. Los primeros días algunos pensamientos lograban atravesar la barrera de lógica con la que había blindado mi cerebro y me provocaban repentinos ataques de pánico, pero eran pocos, y progresivamente fueron siendo menos. Varias semanas después incluso me armé de valor para mirarme al espejo y comprobar su estado.

Seguía ahí. Había alcanzado un tamaño considerable y perdido su cabeza blanca. Su forma era ahuevada, tenía más pinta de algún tipo de quiste que de grano, ni siquiera tenía boca. Decidí hablarlo con alguien. Los quistes sí eran algo real. ¿Había estado ignorando un problema real confundiéndolo con una fantasía? Era el momento de averiguarlo.

Mi compañero de piso estudiaba medicina, último año. Tenía además un gusto enfermizo por los objetos afilados y cierto fetiche con las escarificaciones, algo que habíamos compartido de forma privada en más de una ocasión. Cuando le pregunté si no tendría un bisturí para prestarme me ofreció una variada colección donde elegir. No se mostró tan entusiasta, sin embargo, cuando le expliqué para qué lo quería. Era de las pocas personas que conocían de mi fijación por mi piel, pero explotar granos no era para nada comparable a pretender que me quitase un quiste solo con un bisturí y un bote de alcohol. Me insistió con que fuera al médico, que eso era cosa de cirugía. Yo me negué en rotundo, antes de ver a ningún especialista quería asegurarme de que era, efectivamente, un quiste, y no una extensión de mi delirio. Terminó cediendo, dócil, a mis peticiones. Siempre lo hacía.

Me senté a horcajadas en una silla, en medio de la cocina, y me desnudé de cintura para arriba. Sentí el frío del bisturí abriéndome la piel y algo  revolviéndose entre mis carnes. Me agarré al respaldo de la silla hasta que se me pusieron los nudillos blancos. Oí a mi compañero gritar, y el bisturí rebotando contra el suelo, emitiendo un sonido reverberante, como de campanilla. No era un quiste: algo se abría paso a través de mi piel, buscando la superficie. Yo no sentía dolor, tan solo un agudo escozor y la sangre caliente corriéndome por la columna. Le pregunté a mi compañero qué era, qué había salido del bulto, pero ya había dejado la habitación. Busqué un espejo, el del cuarto de baño serviría. La sangre ya me empapaba la cinturilla del pantalón. La hinchazón del bulto se había rebajado hasta la inexistencia, y solo quedaba el corte profundo en mi espalda. Sobre este, una polilla inmensa, horrenda, desplegaba sus alas arrugadas. No era blanca como lo habían sido las orugas, sino oscura, como las costras mal curadas, como la gangrena. Observé, entre temblores, cómo hundía la trompa en la herida. Una, dos veces. Movió sus alas lentamente comprobando su fuerza, salpicando el espejo con diminutas gotitas de sangre y suero. Cuando mi compañero volvió, cámara en mano, el insecto había alzado el vuelo. Quería atraparla, era necesario, me decía que cogiese un frasco de la cocina, pero yo no me moví del sitio. No podía dejar de mirar la aberración que había nacido de mi espalda, revoloteando por la cocina como había visto mil veces a criaturas como ella. Pero no se parecía a nada que hubiese visto. En mis tripas se mezclaban sentimientos de asco, aversión y fascinación. Observé su vuelo como en un trance, hasta que la polilla salió de la sala. Mi amigo me informó, contrariado, de que la polilla se había escapado por la ventana abierta de mi dormitorio sin que él pudiese hacer nada más que hacerle una foto rápida. Me la enseñó; no era de muy buena calidad, pero se apreciaba lo bastante como para poder buscar algo sobre ella en la red, o al menos eso decía mi amigo. Una parte de mí reconoció que tenía algo de hermoso, el insecto, y podía imaginarla aleteando en la oscuridad, abriéndose paso en la noche. Secretamente, durante solo un instante, me alegré de haber formado parte de su nacimiento.

Después de eso no volvió a salirme ninguno de esos extraños granos. Por insistencia de mi compañero acabé yendo al médico, sin embargo no hallaron nada extraño en mi piel, de hecho, me dijeron que la tenía perfecta, quizás un poco seca. Durante días buscamos información sobre la polilla, usando la foto de referencia, subiéndola a foros de expertos, pero todas las respuestas eran de gente convencida de que la foto estaba trucada. A día de hoy seguimos sin saber qué demonios era.

OUIJA

   La oscuridad tomaba tonos grisáceos en esa otra dimensión que parecía ser el ático. Todo era del color del polvo, con la humedad llenando el aire con su inconfundible perfume. El silencio reinaba de forma permanente y, al mismo tiempo, su tiranía quedaba rota de forma sutil por el patiteo de las ratas y el repicar de la lluvia sobre el ventanuco; esa lluvia que nunca terminaba de irse del todo. Las cajas y muebles cubiertos por sábanas apolilladas se apilaban contra las paredes, prometiendo cientos de tesoros a la imaginación. Yo me contentaba con uno por vez, en esta ocasión: un viejo tablero de ouija.

  En mi familia era bien conocido el gusto de mi tía por lo oculto, un buffet de bromas crueles en las cenas de Navidad, a las que ella nunca acudía. Yo había crecido bajo el manto de aprehensión supersticiosa de mi madre, por lo que la rebeldía y el morbo me habían empujado a elegir el tablero como mi descubrimiento del día. Estaba claro que mi tía se había gastado un bien dinero en él, pues a pesar de los daños ocasionados por el tiempo se apreciaba su hermosa confección. Buena madera, letras marcadas en dorado y un maletín para guardarlo, en el que se encontraba también la púa que el presunto espectro debía guiar para transmitirme su mensaje.

  Preparé el escenario como para una función de magia: velas colocadas a mi alrededor sobre los más diversos soportes, la taza de té que mi padre me había preparado para la merienda y una extra, por si al espíritu le gustaba el té. Desgraciadamente en el momento crucial falló un elemento indispensable para llevar a cabo el juego; no tenía nada que preguntarle al espectro. Exprimí mi cerebro en búsqueda de algo que un fantasma pudiera comunicerme y yo quisiera saber, pero la vida del supuesto muerto y las verdades del universo me traían sin cuidado, francamente. Al fin planté el índice sobre la púa y pronuncié al aire, con el tono frustrado de alguien que solo es escéptico a medias:

<<¿Hay alguien ahí?>>

  Y como a medias me esperaba, nadie me respondió.

La segunda caída

 Tras la rebelión que todos conocemos y el asentamiento de Lucifer, los bandos no quedaron tan parejos como la historia cuenta. Los ángeles vieron la fe de la humanidad corromper a su creador. Dios está muerto. Sus fieles exhiben su cadáver putrefacto, hablan en su nombre, le rezan como si aún estuviera allí. Dios está muerto y ellos lo han matado, y todos, en el fondo de sus almas, lo saben.

Los ángeles temen a estos fieles, temen a la carcasa en la que se ha convertido su dios. Algunos odian a los humanos por su crimen, otros los aman, de la misma forma que Prometeo, pues durante siglos han velado por ellos. Traen la liberación.

Caen.

Sus alas se consumen en cenizas cuando atraviesan la atmósfera. Mueren. El mar recibe sus cuerpos calcinados y calma sus pieles candentes, sana sus heridas. Las olas los devuelven a la tierra. En la orilla nacen de nuevo, con carne tierna y ojos límpidos que no recuerdan todo lo que han vivido. El dios cadáver, con su último aliento, maldice sus almas. Pero ellos son libres.

Soy

Soy un parásito, soy un monstruo glotón que devora y asimila. Mi mente se extiende como las raíces de un árbol, coloniza la realidad y la retuerce, y esta muta en algo más oscuro, más hermoso. La mínima chispa es suficiente para hacerme arder, así que ten cuidado, pues cuando encuentre el combustible adecuado, arderé para siempre.